24 abr. 2007

Relato del Maraton de Londres







Estimados,



Gracias a todos por los mensajes. Voy a ir respondiéndolos. Mientras tanto, les paso el relato.

Saludos.



Roberto







Ya está. Son las 9.35 y acabamos de separarnos con Marcelo para ir cada uno a su corral. En diez minutos se larga la maratón. Atrás quedaron los meses de preparación, los tests, el resfrío que me tuvo a mal traer los últimos días y no me dejo dormir un par de noches, la decepción por algunos preliminares (sitio web pobre, expo chica, inexistente kit del corredor, falta de video de la carrera, etc.), la admiración por un sistema de baños súper eficiente, todo. Estoy tranquilo y confiado. Ni la temperatura y la humedad, mucho más altas que lo previsto, me preocupan. ¿Seguridad? ¿Resignación? Quién sabe. Voy por las 3 hs 15 min., sé que es ambicioso, pero creo que 3h 18’ es alcanzable y con un poco de suerte consigo mi objetivo.



Ahora estoy solo, rodeado por 36.000 corredores en mi misma situación. Me falta solamente el último paso: descargar el poco fluido excedente que queda en mi organismo. Tengo mi botella de Lucozade (el Gatorade inglés) y estoy buscando el momento oportuno. Me siento cohibido por las admoniciones de Marcelo (“acá no te van a dejar hacerlo, esto es Inglaterra”). Me imagino que me descubren y me arrastran hasta la Torre de Londres para cortarme una mano, o algo peor. Pero no tengo alternativa. Apoyo disimuladamente una rodilla en el piso y mientras hago que me arreglo los cordones, disimuladamente meto la botella debajo del pantalón. ¡Qué alivio! (psicológico más que físico). En eso veo que el piso alrededor mío se empieza a humedecer. ¡No puedo ser tan idiota de estar haciéndome encima! Igual, es demasiado tarde para cambiar algo. Termino la “operación” y cuando me paro veo alguien atrás mío mirando al cielo y orinando parado, mientras otros lo hacen lo más tranquilos al costado. ¡Tanto vale la flema inglesa!



¡Largada! Como era de esperar ni me muevo. A los pocos segundos empiezo a caminar. Tardo dos minutos en llegar a la llegada y ahí recién puedo empezar a trotar, pero muy lentamente. Trato de esquivar gente pero es bastante difícil. De golpe, a los 300m nos paramos. ¡Esto es increíble!, pienso. Volvemos a arrancar, siempre con un trote suave. Llega la primera milla. Perdí 1’38”. Paciencia, pienso, increíblemente tranquilo. El objetivo se hace cada vez más difícil, pero la carrera es larga.



Al final correría “apretado” y zigzagueando más de la mitad de la carrera, pero después de la tercera milla logro estabilizar mi tiempo. Trato de ir relajado y disfrutar, aunque me cuesta. Me sorprende el terreno ondulado, no es New York, ni mucho menos Boston, pero ¿quién dijo que Londres era plana? Paciencia, me digo, hay que seguir y disfrutar. Me sorprendo a mí mismo con este pensamiento tranquilizador, me siento casi un monje budista. Me concentro en mantenerme hidratado y con los “Power Gel” según el plan. Paso frente a un pub donde una banda toca “Y-M-C-A” y me vienen excelentes recuerdos de Chicago, eso me da otro empujón.



Paso la primera ducha, otra excelente idea de la organización que permite refrescarse sin perder un segundo de tiempo. Se acerca la torre de Londres y apenas cruce el puente llegaré a la mitad de la carrera, y con suerte a uno de los momentos más importantes. Paso la media maratón con 3’30” de atraso. No está mal, pienso. La mayor parte los perdí en el tumulto de las tres primeras millas. Si logro mantener el ritmo, no voy a estar lejos del objetivo, y todavía me ilusiono con poder acelerar algo al final.



A esta altura de la carrera por casi 2 km se cruzan los corredores que están por terminar. Veo a algunas mujeres de élite (que largaron 45’ antes) rezagadas y me pregunto si tendré la suerte que estoy esperando. De golpe veo pasar una moto, al poco tiempo otra y atrás una camioneta con un reloj. No tengo dudas, ahí tienen que venir. Me pongo contra el borde izquierdo para poder verlos mejor y cuando pasa la camioneta aparecen: son siete u ocho los líderes que corren en un pelotón estrecho, reconozco a Paul Tergat y a Limo (también creo reconocer a Baldini, pero después me daría cuenta que me confundí). No puedo dejar de emocionarme. A ellos les faltan 6 km, están definiendo la carrera y pasan a menos de dos metros de mí. Es como estar peloteando en la cancha central de Wimbledon mientras Federer y Nadal juegan la final. Y el público curiosamente (o no) me alienta más a mí que a ellos.



Enseguida me doy cuenta que por seguir a los líderes estoy corriendo al sol en lugar de mantenerme a la sombra. Me corro y me concentro en la hidratación, ellos ya están por terminar pero a mí me falta casi la mitad de la carrera. Veo que la calle baja bastante, lo cual me preocupa porque significa que a la vuelta va a ser en subida. Esta vez no me lo tomo con tanta filosofía.



Cuando se separa el circuito hay menos público y se hace más aburrido. Cuando hay gente alentando trato de sonreirles, eso me levanta el ánimo. Empiezo a sentir las piernas pesadas y se me hace difícil mantener el ritmo. Trato de ponerme objetivos cortos y me doy cuenta que de todos modos sigue siendo más la gente que paso que la que me pasa. Pero en cada milla el reloj me dice que voy perdiendo tiempo. Veo un pub que dice “Beer garden in rear”. No estaría mal, pienso, pero me convenzo a seguir con la promesa de atragantarme de cerveza cuando termine la carrera.



Otra vez un tramo aburrido, me doy ánimo pensando que falta poco para el cruce de la carrera y ahora es a mí al que le va a faltar menos. Llega ese momento y veo montones de personas con todos los sentimientos humanos posibles: desesperación, sufrimiento, alegría, despreocupación, esfuerzo, agotamiento. Nos intercambiamos miradas de aliento y no puedo dejar de pensar: si ellos van a llegar, yo tengo que dejar todo.



Me doy cuenta que no estoy pensando "nunca más lo vuelvo a hacer" como a esta altura en otras maratones. Estoy demasiado concentrado en seguir corriendo como para tratar de pensar en el futuro. Tomo el último PowerGel pero parece que hay poco que pueda ayudar a mis piernas. Sigo pensando “un paso a la vez, que no decaiga el ritmo”, a esta altura ya no tengo objetivos de tiempo. Trato de ubicar al Big Ben, pero no lo veo por ninguna parte. No puede estar tan lejos, me desaliento. De pronto aparece. Está lejos, pero se acerca bastante rápido y eso me pone de buen humor. Paso al lado de un puesto de hidratación de la élite y veo varias botellas esperando. Evidentemente la carrera es dura para todos y hubo muchos abandonos. No puedo evitar que eso me reconforte un poco.



En eso veo una de las mejores cosas de la organización. En el plano de la carrera había visto sectores designados como “cruce” para el público. “Estos ingleses no pueden ser tan brutos de interrumpir la carrera”, había pensado. Y no. Los “sectores de cruce” eran islas en el medio de la calle ancha por donde pasa la carrera. Los organizadores hacen ir a los corredores alternativamente por la izquierda y por la derecha de la isla (sin interrumpir en lo más tiempo el movimiento) y mientras tanto el público cruza por el sector opuesto y espera, pacientemente, a que se libere el otro sector. Simplísimo, y fantástico.



Ese pensamiento me lleva a la milla 25. Ahora sí que hay que dejar absolutamente todo. Pero apenas la cruzo siento como una puñalada en el pecho del lado derecho. El dolor es fuertísimo. ¡El corazón!, pienso aterrorizado. Por suerte llevo el monitor cardíaco y veo que las pulsaciones no suben (“Era el bazo, estúpido”, me diría Marcelo con obvia razón minutos más tarde, pero en ese momento mi cerebro falto de glucógeno no razona muy bien). Decido bajar un poco el ritmo y el dolor se va alejando. Paso debajo del Big Ben y veo la hora: 13:07. Recuerdo que yo quería cruzar la llegada a las 13.00. Espero que no se ofenda la reina por mi impuntualidad.



¿Dónde está la llegada? No la veo por ningún lado. ¡No puede ser! De pronto veo un cartel que marca “600m”. Sólo faltando 200m veo la llegada y recién ahí puedo olvidarme del dolor y correr como para el récord del mundo. 3h 27’ 44” dice mi reloj. Doce minutos más de mi objetivo de máxima, diez más de mi mejor tiempo. Es lo que tenía en mis piernas hoy, pienso, ni más ni menos. Camino unos pasos y una simpática inglesa me coloca la medalla. "Congratulations!", me dice. "I deserve them", le respondo con más sinceridad que humildad.

4 comentarios:

soledad dijo...

Robert: una gloria tu relato! Hace falta decir que me emocionò hasta las làgrimas? Felicitaciones de nuevo campeòn! Nos vemos algun dìa.

Luis Migueles dijo...

Sole vos podes ser parte de esto si te lo propones.
Luis

Roberto dijo...

Gracias Sole,
Qué buenos tener noticias tuyas. Cuando te vemos entrenando? Un beso.

Anónimo dijo...

Buen comienzo